Un panorama del “Cómo la vemos” en Argentina
El primer año del gobierno de Javier Milei como Presidente argentino nos hizo testigos de cambios rápidos y disruptivos, convirtiéndose en un fenómeno pocas veces visto en la historia reciente del país. Con la motosierra como aliada, Milei asumió con la promesa de transformar radicalmente el país, desafiando el status quo político y económico, la defensa de la libertad individual y la reducción del Estado, despertando una esperanza que parecía perdida tras décadas de crisis económicas, corrupción y desencanto de la dirigencia tradicional.
La baja de la inflación, del riesgo país, la reducción de la brecha cambiaria, del superávit fiscal y este nuevo comienzo de volver a colocar a la Argentina en las discusiones internacionales está generando un amplio apoyo de la población, a pesar del más de 50% de pobreza -contando con un 15% de indigentes- y de las penurias que millones de ciudadanos todavía viven por no poder hacer frente a sus necesidades básicas.

La eliminación de varias regulaciones, junto con la reducción del gasto público, marcaron un giro drástico hacia el liberalismo económico, buscando atraer inversiones y fomentar la productividad. Adoptando una postura clara hacia el libre comercio y el acercamiento a las economías más desarrolladas y priorizando las relaciones con Estados Unidos e Israel ha despertado tensiones con aliados tradicionales de América Latina, especialmente aquellos vinculados con el Mercosur. Sin embargo, Milei ha reavivado la idea de que es posible soñar con un país diferente. La promesa de un sistema basado en la libertad económica y el respeto por la propiedad privada, inspira a quienes creen que Argentina tiene un potencial de ser un país próspero si se eliminan las trabas que hoy frenan su desarrollo.
A nivel social, su discurso directo y confrontativo polarizó a una sociedad que ya venía fragmentada pero que este nuevo espacio libertario vino a imponerse y a sentarse en el lugar de millones de argentinos, que si bien se veían identificados con una ideología similar, no encontraban en sus dirigentes un guía que los convocara. El carisma y las formas de Javier Milei, con un discurso directo y sin concesiones, lograron nuclear a un gran sector de la población que quiere un cambio de verdad y no un tibio intento de buenos modales.

Esta administración ha impulsado debates que la sociedad pedía como urgentes. La necesidad de modernizar el Estado y enfrentar problemas históricos como la corrupción y el gasto ineficiente, han sido aplaudidos por un gran porcentaje de ciudadanos que están agobiados por pagar altos impuestos y recibir miserables migajas. La política de déficit cero (o mejor dicho superávit) seguirá siendo el pilar fundamental de la gestión gubernamental. Por esta razón, Milei no está dispuesto a ceder en incrementar partidas, como reclaman algunos mandatarios provinciales. Sin embargo, los costos sociales de sus reformas junto con la resistencia de los sectores tradicionales, han dejado al país en un límite peligroso, aunque es un mal necesario en este tipo de giros. Una vez estabilizada la macroeconomía, será el turno de que los temas pendientes como la disminución de la pobreza, el alcance de los salarios, la reforma previsional y la mejora educativa, entre otros, se suban al tren del progreso.
El desafío para el Presidente y su equipo de ahora en adelante, será demostrar que el modelo libertario puede consolidarse en un país con profundas desigualdades y tensiones sociales. Traducir su mensaje en políticas concretas que generen resultados tangibles requerirá un equilibrio entre su visión disruptiva y la demostración de que el cambio profundo que promete, no solo es deseable, sino también posible.
Javier Milei ha encendido una chispa de optimismo en una sociedad que anhela un futuro mejor. Argentina se encuentra ante las puertas de volver a ser grande otra vez, de convertir la esperanza en una realidad que transforme nuestras vidas y de marcar un punto de inflexión en la historia del país. Es imprescindible que este primer eslabón de la cadena del progreso se vaya reforzando con integrantes firmes e idóneos y continúe el rumbo cierto del progreso, corriendo rápido y sin mirar atrás, para que la vieja política no nos alcance y se mezcle, disfrazada, en medio de este nuevo rumbo.