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Partidos políticos: Sobre sombras y realidades

La alegoría de la caverna de Platón, descrita en su obra La República, es un relato filosófico que simboliza la ignorancia y la búsqueda del conocimiento. Platón nos presenta a un grupo de personas encadenadas dentro de una caverna desde su nacimiento, forzadas a ver sombras proyectadas en una pared. Estas sombras son su única realidad. Sin embargo, al ser liberadas, descubren que existe un mundo real y más completo fuera de la caverna, un espacio donde pueden observar la luz del sol y percibir las cosas tal como realmente son.

Esta metáfora bien puede aplicarse a la dirigencia de muchos partidos políticos y a la relación entre sus líderes y su estructura. Un partido político que no se atreve a cuestionar sus propios dogmas o a revisar sus políticas desde una perspectiva más amplia se asemeja a los prisioneros de la caverna: sus miembros quedan atrapados en “sombras” de ideas preconcebidas, limitadas y a menudo distorsionadas. Se enfocan en interpretaciones parciales de la realidad, en prejuicios y en una visión cerrada de los problemas y las soluciones, y ven como una amenaza cualquier idea que desafíe su “realidad”.

Cuando un partido político permite que sus integrantes “salgan de la caverna” a través de un pensamiento crítico, una apertura al diálogo y la consideración de diversas perspectivas, experimentan una expansión de su visión y capacidad de acción. Los líderes que se liberan de dogmas y actúan como los individuos que ven la luz fuera de la caverna, pueden regresar y guiar al resto con mayor claridad y sabiduría, aunque, igual que en la alegoría, seguramente encontraran resistencia e incredulidad en aquellos que aún están encadenados. Esta transición hacia la luz requiere valentía y apertura mental, tanto en la dirigencia como en la base del partido, para cuestionar su visión y evolucionar constantemente en la búsqueda de una comprensión más completa de la realidad y de su rol en la sociedad.

En última instancia, al igual que en la caverna de Platón, los partidos políticos y sus dirigencias enfrentan el reto de superar las sombras de sus propias limitaciones y mezquindades, de abandonar la zona de confort de ideas fijas y manipuladas hacia el egoísmo de unos pocos y de comprometerse con un camino hacia la formación de cuadros más sanos y verdaderos, incluso cuando este sea incómodo o desafiante. Solo así se pueden realmente transformar los espacios de manera auténtica y significativa.

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Sobre esclavos y traidores

Hernán Diego Sabater

Vivimos un tiempo en donde la verdad parece moldearse según intereses, como si fuera un recurso que podemos negociar o ajustar a conveniencia. Cualquier definición que hagamos, nos abrirá un nuevo mundo de posibilidades, que, a su vez, como una eterna Mamushka, nos acerca más a un centro en donde están todos nuestros objetivos, sueños y deseos.

En este viaje, confluyen tensiones, dilemas y conflictos que el progreso nos va poniendo como pruebas a vencer. Nuestro mapa, es lo que consideramos verdad, que no es más ni menos que la conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente; con lo que se dice, se siente o se piensa.

A medida que nuestro viaje progresa nos encontramos en un trato más fecundo con la complejidad. En estas etapas, el conocimiento y la sensatez son liberadoras, desafiando las decisiones cada vez más finas que debemos tomar.

Llegado un momento, nuestras percepciones nos advierten sobre irresponsabilidades discursivas ajenas, engaños que suenan lindos y parecen simplificar el asunto, pero que vienen con carteles de advertencia cada vez más notorios. A estas alturas, a donde nuestro campo de percepción ya está lo suficientemente ejercitado para darse cuenta, tomamos el camino de la revelación o la resignación de acuerdo con nuestra inquietud en el progreso.

Y es en esta fase a donde nos encasillan entre esclavos o traidores. Un lugar común en el cual tratan de atarnos con cadenas invisibles y encerrarnos, queriéndonos hacer parecer entidades inertes de voluntad, decisión o posibilidad de profundizar un pensamiento e intentando llevarnos a una simplificación tristemente vacía.

Estos estereotipos de circunscribir nuestras decisiones a simplemente dos posibilidades hablan de un estrecho poder de conocimiento del potencial que cada uno de nosotros puede lograr. Caer en esa mezquina emboscada nos encierra en una comodidad aparente a donde no nos tenemos que preocupar por el alimento verdadero, alejándonos de nuestra libertad de vivir, decidir y conformándonos con argumentos vagos y sin definiciones.

“La única verdad es la realidad”, dijo Aristóteles, unos cuantos años antes que Perón. Escudriñar durante el proceso es la forma en que nos vamos a acercar a la autocomprensión con la satisfacción de que nuestro esfuerzo vale la pena, de que nuestras fortalezas están intactas y habiendo recorrido un camino que nos deja una experiencia que nos acerca cada vez más a la integridad y a la sensatez; que nuestros principios no se negocian, no se venden y la luz de nuestro faro disipa la polvareda con la que nos quieren desorientar.

No es posible profundizar nuestra autocomprensión allí a donde nuestra libertad se vea cortada por el engaño y la avaricia de los que quieren mantenerse en la comodidad de sus recámaras. La verdad no admite atajos ni dobleces. Tengan mucho cuidado. No debemos permitir que nos domestiquen ni que nos conviertan en peones de intereses ajenos. No vaya a ser que, cuando tengamos que elegir, no lo hagamos como nuestra conciencia nos dicte y nos terminemos arrepintiendo de un futuro que ya no se puede modificar.

Ser libres no es un privilegio, es una responsabilidad.